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domingo, 28 de agosto de 2016

Salud mental, libre albedrío y el microbioma

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«Somos legión, todos y cada uno de nosotros. Siempre un "nosotros" y nunca un "yo"»

"He observado a muchos pequeños animales con gran admiración", Galileo se maravillaba mientras miraba a través de su microscopio, una herramienta que, como el telescopio, él no inventó, sino que lo utilizó de forma tan visionaria que lo hizo revolucionario. Sus descubrimientos dentro de la célula fueron tan reveladores como los que hizo del universo con el telescopio. La humanidad fue muy lenta en darle importancia y reacia a aceptar su revisión radical del cosmos.

El escritor de ciencia inglés, Ed Yong, explora en un libro esclaredor de microbiología I Contain Multitudes: The Microbes Within Us and a Grander View of Life (public library), la importancia multifacética, fascinante y elegantemente escrita, como para ser digna de Whitman reference, en el que Yong va desvelando el mundo de lo visible, para revelar la sorprendente complejidad de la vida que próspera debajo y dentro de los límites de nuestra percepción.
Dibujo de principios del siglo XX de Radiolaria, uno de los primeros microorganismos, de Ernst Haeckel
La artista Agnes Margen hizo una observación memorable, decía que "las mejores cosas de la vida te suceden cuando estás solo", pero Yong ofrece un contrapunto biopoético con el hecho de que nunca estamos realmente solos. Así lo escribe:
Incluso cuando estamos solos, nunca estamos solos. Existimos en simbiosis, un término maravilloso que se refiere a los diferentes organismos que conviven juntos. Algunos animales son colonizados por los microbios cuando los huevos están aún sin fecundar, otros recogen a sus primeros socios en el momento del nacimiento. Nosotros, entonces, procedemos a vivir nuestras vidas en su presencia. Cuando comemos, ellos también. Cuando viajamos, nos acompañan. Cuando morimos, ellos nos consumen. Cada uno de nosotros es un zoológico por derecho propio, una colonia cerrada dentro de un solo cuerpo. Un colectivo de múltiples especies. Un mundo entero.
- [...]
Toda esta zoología es realmente una ecología. No podemos entender completamente la vida de los animales ni la nuestra sin entender nuestros propios microbios y nuestra simbiosis con ellos. Y no podemos apreciar plenamente nuestra propia microbioma sin valorar cómo estas especies enriquecen e influyen en nuestras vidas. Tendemos alejarnos para ver todo el reino animal, mientras necesitamos acercarnos para ser capaces de ver los ecosistemas ocultos que existen en cada criatura. Cuando miramos a los escarabajos y los elefantes, los erizos de mar y las lombrices de tierra, a padres y amigos, vemos individuos labrando su camino por la vida, como un manojo de células en un solo cuerpo, conducidos por un solo cerebro y operando con un solo genoma. Se trata de una ficción agradable. Pero, de hecho, somos legión, todos y cada uno de nosotros somos siempre un "nosotros" y nunca un "yo".
Hay amplias razones para admirar y apreciar a los microbios, ya estaban presentes más allá de los impresionantes fenómenos que gobernaron "nuestra" Tierra en sus 4,54 mil millones de años de historia, y nosotros mismos evolucionamos a partir de ellos. A través de una pionera fotosíntesis, se convirtieron en los primeros organismos capaces de elaborar su propia comida. Dictan los ciclos de carbono, el nitrógeno, azufre, fósforo y los del planeta. Pueden sobrevivir en cualquier lugar y poblar cualquier esquina de la Tierra, desde los respiraderos hidrotermales del fondo del océano a las nubes más altas. Los microbios son tan diversos que los de tu mano izquierda son distintos a las de tu mano derecha.
Ilustración de criaturas diminutas de Emily Sutton: El mundo de los microbios por Nicola Davies.
Pero quizá lo más impresionante --porque, al fin y al cabo, somos una especie solipsísta (ensimismada)-- es que ellos influyen en innumerables aspectos de nuestras vidas biológicas e incluso en la psicológica. Yong ofrece una sección transversal de este dominio microbiano:
El microbioma es infinitamente más versátil que cualquiera de las partes de nuestro cuerpo que nos son más familiares. Tus células llevan entre 20.000 y 25.000 genes, pero se estima que estos microbios internos agrupan unas 500 veces más. Esta riqueza genética, combinada con su rápida evolución, los hace virtuosos de la bioquímica, capaces de adaptarse a cualquier posible desafío. Ellos nos ayudan a digerir la comida, liberan nutrientes de otro modo inaccesibles. Producen vitaminas y minerales que faltan en nuestra dieta. Descomponen toxinas y productos químicos peligrosos. Nos protegen frente a enfermedades, rechazando a los microbios más peligrosos o matándolos directamente con los químicos antimicrobianos. Producen sustancias que afectan a la forma en que olemos. Son una presencia tan inevitable que hemos externalizado aspectos sorprendentes de nuestra vida a ellos. Sirven de guía para la construcción de nuestro cuerpo, liberan moléculas y señales que dirigen el crecimiento de nuestros órganos. Educan a nuestro sistema inmunológico, enseñándole a distinguir amigo de enemigo. Afectan al desarrollo del sistema nervioso y, tal vez, incluso influyen en nuestro comportamiento. Su contribución en nuestras vidas es profunda y de gran alcance. No hay rincón de nuestra biología que quede intacto. Si los ignoramos, estamos mirando nuestras vidas a través del ojo de una cerradura.
Kafka creía que miramos la vida a través del estrecho ojo de la cerradura de nuestra existencia personal a fin de distinguir entre la apariencia y la realidad, "debemos mantener el ojo de la cerradura limpia". Yong realiza una limpieza magistral del ojo de la cerradura con la demostración de cuán íntimamente entrelazada está nuestra existencia personal con el de los microbios que habitan en nuestros cuerpos. Una relación en nada más contraintuitiva que cuando se trata de nuestra salud mental. Es casi instintivo considerar que la biología, y la microbiología mucho menos, pueda de alguna manera influir en el caldero hirviente de la experiencia mental y emocional que llamamos psicología. Y, sin embargo, dada la importancia para nuestros microbios del sistema inmunológico y el diálogo constante entre nuestro sistema inmunológico y el sistema nervioso central en formar nuestra susceptibilidad al estrés y el agotamiento, vale la pena investigar cómo nuestro microbioma podría interactuar con nuestra salud mental.

Yong señala que la investigación en esta cuestión está todavía en pañales, por lo que la mayoría de los estudios son pequeños y no concluyentes, pero apunta a varias hilos curiosos y prometedores de dichas investigaciones. Un estudio de fMRI realizado por Kirsten Tillisch encontró que las mujeres que consumían yogures ricos en microbios mostraban menos actividad en las áreas del cerebro implicadas en el procesamiento de emociones, en comparación con las que consumían yogures sin microbios. En un ensayo clínico de Stephen Collins en pacientes con el síndrome de intestino irritable, una bacteria probiótica reducía los síntomas de la depresión. El psiquiatra Ted Dinan, que dirige una clínica dedicada a pacientes con depresión, está terminando un ensayo clínico sobre "psicobióticos", unos probióticos que pueden ayudar a las personas a manejar el estrés y la depresión. Aunque el propio Dinan se mantiene escéptico en cuanto a que estos tratamientos sean eficaces para las personas con una depresión clínica debilitante, guarda la esperanza de que las personas con trastornos del estado de ánimo más leves podrían encontrar algún alivio.


Pero la consecuencia más notable de la misma posibilidad de que los microbios podrían dar forma a nuestro estado de ánimo es que, también, puedan dar forma a nuestras decisiones y, consiguientemente, a nuestros propios destinos. Yong considera una gama abrumadora de implicaciones:
Estos estudios ya están obligando a los científicos a ver diferentes aspectos de la conducta humana a través de una lente microbiana. Tomar grandes cantidades de alcohol hace que el intestino sea más permeable, lo que permite a los microbios influir más fácilmente en el cerebro (algo que podría explicar por qué los alcohólicos experimentan más a menudo la depresión o la ansiedad). Nuestra dieta cambian la convivencia de los microbios en nuestro intestino, ¿podría ser que tales cambios afectaran a nuestras mentes? El microbioma intestinal se vuelve menos estable en la vejez ¿podría contribuir esto al aumento de las enfermedades cerebrales en las personas mayores?

Por otra parte, ¿podrían nuestros microbios ser capaces de manipular nuestras ansias de comer? Si se trata de tomar una hamburguesa o una barra de chocolate, ¿quién está empujando precisamente esa mano hacia adelante? Desde tu perspectiva, elegir la opción correcta en un menú puede ser la diferencia entre una buena y una mala comida. Pero, para tus bacterias intestinales, la elección es más importante. Los distintos microbios prosperan mejor con ciertas dietas. A algunos les viene mejor digerir fibras vegetales, otros se desarrollan más en las grasas. Cuando tu eliges tus comidas, también estás eligiendo qué bacterias van a hartarse y obtener una ventaja sobre sus competidoras. Pero los microbios no están sentados ahí, gentilmente a la espera de tu decisión. Como hemos visto, las bacterias tienen formas de 'piratería informática' del sistema nervioso. Si ellos liberan dopamina, una sustancia química involucrada en la sensación de placer y la recompensa, cuando comió las cosas "correctas", ¿no podrían ellos estar potencialmente entrenándote para elegir ciertos alimentos sobre los demás? ¿Cómo consiguen ellos tener algo que decir respecto a tus selecciones de menú?
Estas preguntas coquetean con el enigma del libre albedrío, haciéndonos lidiar con la desconcertante noción de que cada uno de nosotros podría ser, después de todo, lo que el neurocientífico Sam Harris ha llamado "un títere bioquímico". Y aunque estas perplejidades están todavía en gran medida en el ámbito de lo hipotético, Yong señala que dichas dependencias son muy comunes en la naturaleza:

La naturaleza está llena de parásitos que controlan las mentes de sus anfitriones. El virus de la rabia infecta el sistema nervioso y hace a sus portadores violentos y agresivos, si arremeten contra sus compañeros e infligen arañazos y mordeduras abren las vías que permiten el paso del virus a nuevos huéspedes. El parásito cerebral, Toxoplasma gondii, es otro titiritero. Sólo puede reproducirse sexualmente en los gatos, si se instala en una rata, se suprime el miedo natural del roedor a los olores del gato, y lo reemplaza con algo más parecido a la atracción sexual. El roedor se acerca a los gatos cercanos y como es de prever con resultados fatales; de esta manera la T. gondii llega a completar su ciclo de vida.

El virus de la rabia y la T. gondii son parásitos absolutos, egoístamente se reproducen a expensas de sus anfitriones, con resultados negativos y, a menudo, fatales. Pero nuestros microbios intestinales son diferentes. Ellos son parte natural de nuestras vidas. Ayudan a construir nuestros cuerpos, nuestro intestino, nuestro sistema inmunológico, el sistema nervioso. Nos benefician. Pero no debemos dejarnos llevar por una falsa sensación de seguridad, los microbios simbióticos siguen siendo entidades propias, con sus propios intereses y libran sus propias batallas por la supervivencia. Pueden ser nuestros socios, pero no son nuestros amigos. Incluso en la más armoniosa simbiosis, siempre hay lugar para el conflicto, el egoísmo y la traición.
En el resto de este intenso e interesante I Contain Multitudes, Yong explora cómo se trazan estas líneas y lo que se podría hacer para sacar el máximo provecho de esas alianzas. Lo complementa un delicioso libro para niños, Tiny Creatures, sobre el universo de microbios. Todo ello se puede acompañar con la excelente y un poco aterradora charla de Yong en TED hablando de parásitos que controlan la mente:

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