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sábado, 18 de marzo de 2017

Breve exposición de la Hermenéutica Analógica

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Exposición sucinta de la Hermenéutica Analógica

El autor presenta y examina los alcances de una hermenéutica analógica que pretende distanciarse de las posturas hermenéuticas que asumen una sola interpretación como válida, como lo hace la hermenéutica univocista; y de las que ofrecen innúmeras interpretaciones, todas válidas y complementarias. La propuesta de la hermenéutica analógica sería la de ofrecer varias interpretaciones, pero jerarquizadas, de modo que unas se acerquen más a la verdad textual y otras se alejen de ella.

1. Introducción

En este trabajo intentaré exponer de manera muy breve qué es la hermenéutica analógica. Tendré que hacerlo hablando, en primer lugar, de la hermenéutica en cuanto tal, en sí misma, sin especificación, para, después, hablar de la analogía, de modo que pueda aplicarla a la hermenéutica y de ello resulte una hermenéutica basada en la analogía, esto es, una hermenéutica analógica, propiamente dicha. Eso lo completaré indicando qué es lo que añade una hermenéutica analógica a la hermenéutica sin más. Y terminaré aludiendo a algunas aplicaciones que de ella se han hecho, para ejemplificar de una manera más conveniente su rendimiento.

La hermenéutica, que es la disciplina de la interpretación de textos, se ha vuelto muy presente en la filosofía actual. Pero hay varias hermenéuticas posibles. Una hermenéutica analógica tiene la ventaja de evitar dos posturas extremas como son las de la hermenéutica univocista y la hermenéutica equivocista. La hermenéutica univocista pretende una interpretación única de cada texto, sin dejar lugar para las otras, que descienden al rango de completamente falsas. En cambio, la hermenéutica equivocista pretende que la mayoría de las interpretaciones de un texto (y a veces todas) sean válidas, con lo cual la interpretación misma se trivializa y la hermenéutica se vuelve imposible por inútil. A diferencia de ellas dos, una hermenéutica analógica pretende centrarse en el medio, entre ellas dos, sin alcanzar la exactitud de lo unívoco, pero sin incurrir tampoco en la ambigüedad de lo equívoco, aun cuando se inclinará más a esta última. Es una búsqueda del equilibrio proporcional, como lo que Aristóteles quería con la phrónesis, que veía como una virtud eminentemente analógica o proporcional.

2. Hermenéutica

Pero, antes de hablar explícitamente de la hermenéutica analógica, hablemos de la hermenéutica en cuanto tal. Hay varias cuestiones fundamentales acerca de la hermenéutica con las que conviene empezar. Qué tipo de saber es, sobre qué versa, cuál es su método propio, de cuántas clases son sus objetivos, qué objetivo o finalidad la anima. Problemas constitutivos; sobre ellos versa el conocimiento de la propia especificidad de la hermenéutica. Algo muy importante en estos comienzos será aprehender el acto mismo de interpretación en su proceso peculiar, de modo que nos muestre el tipo de pregunta que plantea y el camino por el cual la responde.(1)
(1) Cf. G. Michel, Entre-lazos. Hermenéutica existencial y liberación. México: UAM-X - M. A. Porrúa, 2001; ver también M. Beuchot, Perfiles esenciales de la hermenéutica, México: UNAM, 2005 (4a. ed.).
La hermenéutica es la disciplina (ciencia y arte) que nos enseña a interpretar textos, entendiendo aquí el interpretar como un proceso de comprensión que cala en profundidad, que no se queda en una intelección instantánea y fugaz. Entendemos aquí por textos aquellos que van más allá de la palabra y el enunciado. Son, por ello, textos hiperfrásticos. Es donde más se requiere el ejercicio de la interpretación. Además, la hermenéutica interviene donde no hay claridad, sobre todo donde no hay un solo sentido, es decir, donde hay polisemia. Por eso la hermenéutica estuvo, en la tradición, asociada a la sutileza. La sutileza era vista como un trasponer el sentido superficial y acceder al sentido profundo e incluso al oculto. O cómo encontrar varios sentidos cuando parecía haber sólo uno. O cómo encontrar un camino intermedio donde los demás sólo veían los dos extremos. Y para eso hay que contextualizar el problema, o el texto, para poder entenderlo bien. La hermenéutica, pues, en cierta manera, des-contextualiza para re-contextualizar, llega a la contextualización después de una labor elucidatoria y hasta analítica.

Además, la noción de texto abarca desde el texto escrito, que es la idea tradicional, pasando por el diálogo, que fue añadido como texto por Gadamer, hasta la acción significativa, añadida por Ricoeur. Por ejemplo, en la interacción educativa se puede tomar sobre todo la acción significativa como texto, además del diálogo y el texto escrito; más aún, éstos son englobados por aquélla. La hermenéutica pedagógica se centrará, pues, en la interpretación de la interacción educativa, la acción significativa docente y didáctica como texto. Y esto puede aplicarse en muchos otros campos.

En el acto interpretativo nos damos a la tarea de comprender y contextualizar ese texto al que nos hemos enfrentado. Es un acto complejo, que involucra varios actos. Lo primero que surge ante ese dato, que es el texto, es una pregunta interpretativa, que requiere una respuesta interpretativa, la cual es un juicio interpretativo, ya sea una hipótesis o una tesis, que se tendrá que comprobar, y para eso se sigue una argumentación interpretativa.

La pregunta interpretativa es siempre observada con vistas a la comprensión. ¿Qué significa este texto?, ¿qué quiere decir?, ¿a quién está dirigido?, o ¿qué dice ahora?, ¿qué me dice a mí?, y otras más. Puede decirse que la pregunta es un juicio prospectivo, está en prospecto, en proyecto. Se hace juicio efectivo cuando se resuelve la pregunta. Hay un proceso por el cual se resuelve dicha pregunta interpretativa, pues primero el juicio interpretativo comienza siendo hipótesis, y después se convierte en tesis. La misma tesis es alcanzada por el camino de descondicionalizar la hipótesis, esto es, ver que se cumple efectivamente. Estos rasgos que hemos señalado cobran sentido y se iluminan a la luz de la vivencia y la comprensión del acto interpretativo, que es el núcleo de la hermenéutica toda. Desde el reunir las condiciones para interpretar el texto (por ejemplo, aprender el idioma, para poder descifrarlo; estudiar la historia del autor y la historia sociocultural del entorno del texto, etc.) hasta el efectuar con disfrute su decodificación y su entendimiento, incluyendo análisis y síntesis, explicación y comprensión.

Mas, también, como toda actividad humana, la interpretación puede llegar a constituir en el hombre un hábito, una virtud. Es la virtud hermenéutica, la interpretación cualificada, que se forma por la experiencia y el estudio, sobre todo por la práctica interpretativa sobre los muchos textos. Es una virtud mixta, es decir, en parte teórica y en parte práctica, teórico-práctica. Con respecto a la virtud, el problema que siempre se ha planteado, desde el Sócrates de Platón, es si la virtud puede enseñarse, y nunca se ha dado una respuesta definitiva. Pero parece referirse a la virtud práctica, más que a la teórica. Con todo, lo que es posible decir es que, aun cuando no sea muy claro que la virtud práctica puede enseñarse, sí puede aprenderse, como lo dice Gilbert Ryle de toda virtud, ya teórica, ya práctica. No hay escuelas de sabiduría o de prudencia, pero sí hay escuelas de interpretación.

De hecho, nos encontramos en tradiciones interpretativas, en escuelas de interpretación, más o menos amplias, con sus clásicos, sus modelos, sus maestros y sus aprendices. Parece un taller, tiene toda la semejanza de un taller artístico medieval o renacentista. Se entra a imitar, y cada vez más a independizarse con respecto de los modelos y los maestros. Poco a poco, uno se gana la aceptación, adquiere autoridad. Pero, al principio, recae sobre el principiante el peso de la prueba. Sobre todo si se trata de una interpretación novedosa, revolucionaria. Que es donde se cumple la virtud hermenéutica: cuando se llega a dejar de repetir, cuando se avanza a proponer una interpretación nueva, diferente. Para salir de la senda trillada, se requiere mucho trabajo, pero es lo que mejor manifiesta el avance del intérprete o hermeneuta.

3. Principales hermeneutas

Dado que dedicaremos un capítulo a la exposición de las principales corrientes hermenéuticas de nuestra época, y a sus representantes más connotados, ahora solamente mencionaremos, a vuelapluma, algunos de éstos, para ejemplificar el trabajo de la interpretación. Si hablamos de hermeneutas principales, encontramos en la actualidad a Hans-Georg Gadamer, Paul Ricoeur, Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas (estos dos últimos tuvieron una época y una dimensión hermenéuticas, por más que ahora se coloquen en la pragmática) (2).
(2) M. Ferraris, Historia de la hermenéutica. México: Siglo XXI, 2002, pp. 202 ss.
Gadamer toma de su maestro Heidegger la idea de que la comprensión y, por lo mismo, la interpretación es uno de los modos de existir del hombre, y por ello, más que un método, la hermenéutica es una forma de ser intrínseca al hombre. Del mismo Heidegger retoma y desarrolla la idea de interpretación como fusión de los horizontes cognoscitivos del que emite el texto y del que lo interpreta. Es decir, cuando el autor y el lector pertenecen a diversas tradiciones, se efectúa una fusión de las mismas, como fusión de horizontes; sólo cuando esto ocurre puede decirse que ha habido comprensión. Además, dentro de la tradición hay un cultivo y una superación; un cultivo porque se trata de apropiarse lo mejor posible la tradición en la que se vive, para lo cual se estudian sobre todo los clásicos de la misma; una superación, por cuanto que todo el que interpreta dentro de una tradición no permanece atado a ella, sino que está llamado a ir más allá de la misma, lo cual ocurre siempre que se encuentra una nueva interpretación de los textos estudiados en ella. Y esto se logra no sólo por el genio, sino sobre todo por la formación, que hace apropiarse la tradición para trascenderla desde sí misma y en su misma línea. Muchos otros conceptos hermenéuticos provienen de Gadamer, como el de diálogo o conversación, etc., etc.

Apel y Habermas insisten en el carácter dialógico de la interpretación, no sólo en cuanto a la invención, sino, sobre todo, en cuanto a la argumentación. Somos seres razonables, discursivos. Por ello estamos obligados a ofrecer argumentos para apoyar las interpretaciones que hacemos, sobre todo porque la interpretación nueva es la que más precisamente exige ser probada. Estamos en comunidades interpretativas, que son comunidades de diálogo. En la interacción dialógica prevalece el mejor argumento. Por ello en el diálogo se presuponen las pretensiones de verdad y validez, por las cuales asumimos que vamos a hablar con veracidad y sin falacias  argumentativas, esto es, sin trampas. Se trata de una comunidad ideal de diálogo.

De Ricoeur proviene la idea de que la hermenéutica tiene también un aspecto metodológico, ese aspecto de método que Gadamer dejaba tanto de lado, para refugiarse en la experiencia vivencial de la comprensión interpretativa. De él retoma los conceptos de apropiación y distanciamiento. La apropiación nos acerca a la comprensión del texto, involucrando nuestra subjetividad en ello; pero el distanciamiento nos recupera la objetividad, de modo que podemos reducir lo más posible nuestra injerencia subjetiva y poder hablar de verdad y validez en la interpretación. Asimismo, Ricoeur pone como principal objeto de la hermenéutica el símbolo, que tiene como formas el mito y la poesía. La manera de interpretarlos es conforme a un modelo que se ajusta a la metáfora, pues ella tiene un sentido literal y un sentido metafórico, y ambos luchan dialécticamente, de modo que viven de su tensión. Así queda un modelo metafórico de la interpretación, no sólo porque lo más propiamente hermenéutico, que es el símbolo (mito y poema) son interpretados metafóricamente, sino porque todos los textos en definitiva pueden encerrar, además de su sentido literal, otro sentido oculto, o innúmeros sentidos (polisemia) y con ello todos los textos han de ser interpretados con una hermenéutica que tiene como modelo la interpretación de la metáfora. Asimismo, es interpretación metafórica porque al interpretar nos hacemos metáforas de los textos. Tal es la hermenéutica metafórica de Paul Ricoeur.

También encontramos hermenéutica en muchos pensadores posmodernos. La vemos, por ejemplo, en Michel Foucault, que integra a la interpretación de los textos las relaciones de poder, que vician la comunicación y, por lo mismo, la interpretación. Donde se ha manejado la verdad también se ha inmiscuido el poder, a veces de manera velada, a veces de manera abierta. Derrida también incorpora la hermenéutica en su pensamiento, aunque éste está más del lado de la desconstrucción. Con todo, para él todo lenguaje es metafórico, en seguimiento de Nietzsche; pero no hay una metafórica posible que nos haga comprenderlo, siempre se quedará como algo inagotable y que se interpreta al infinito. Gianni Vattimo habla de una hermenéutica que busca un pensamiento débil, sin pretensiones fuertes en cuanto a verdades y objetividades, sin estructuras rígidas ni esencias. La ontología o metafísica es solamente débil, inyectada de nihilismo, el cual la hace no violenta ni impositiva. Muchos otros han tenido contacto con la hermenéutica, como Richard Rorty, que ahora se coloca en la pragmática, etc., etc.

4. Analogía

La analogía fue introducida, en la lejana época de los filósofos presocráticos, por los pitagóricos, que la usaron primero en matemáticas (analogía significa proporción), cuando toparon con los números irracionales y con la inconmensurabilidad de la diagonal del triángulo. Para evitar que todo se fuera al infinito, resolvían los problemas kat’analogían, según proporción, es decir, de manera suficiente. Esto pasó a Platón, quien estuvo en contacto con varios pitagóricos (Timeo, Teeteto, etc.), pero sobre todo a Aristóteles. Este último lo aplicó a casi todas las nociones principales de la filosofía, a las que caracterizaba con la frase: pollajós légetai, esto es, se dice de muchas maneras. Luego la analogía pasó a los medievales, señaladamente a Santo Tomás, pero también a otros, como Eckhart, que hizo un uso muy interesante de ella. El cardenal Cayetano escribe un texto clásico sobre la analogía, en pleno renacimiento, pero el procedimiento por analogía se pierde en la modernidad. Resurge en el barroco y en el romanticismo, pero se oculta en el renacimiento y en la ilustración, así como en los positivismos y cientificismos, hasta que ahora, en la actualidad, muy recientemente empieza a recuperarse.(3)
(3) Cf. A. Cárdenas, Breve tratado sobre la analogía. Buenos Aires: Club de Lectores, 1970; Ph. Secretan, L’analogie, Paris: PUF, 1984.
La analogía es el medio entre lo unívoco y lo equívoco. Lo unívoco es un modo de significar o de comprender totalmente idéntico o igual, lo claro y lo distinto. En cambio, lo equívoco es un modo de significar o de comprender totalmente diferente o distinto, lo oscuro y lo confuso. Mas, a diferencia de ambos, lo analógico es lo que tiene diferencia y, sin embargo, igualdad o semejanza, es lo claroscuro. Inclusive tendría que decirse que lo análogo es preponderantemente diferente, ya que se trata simplemente de la diferencia, pero sujeta de algún modo a la semejanza, ya que no a la plena igualdad o identidad.

Además, la analogía tiene dos modos principales: de proporcionalidad y de atribución. Ya de suyo la analogía es proporcionalidad, a saber, una relación de relaciones o de proporciones. A es a B como C a D. Es decir, lo que me sirvió en el caso de una persona que estaba en una situación determinada, podrá servirme en el caso de otra persona que está en una situación parecida. Solamente que se tienen que hacer todos los ajustes del caso, atender al contexto, salvar las diferencias, precisamente resaltar las diferencias, a pesar de la semejanza de los casos.

Asimismo, la analogía de proporcionalidad se divide en dos: propia y metafórica. La propia es la que relaciona proporcionalmente cosas en sentido propio, como «el instinto es al animal lo que la razón es al hombre» o «el fundamento es a la casa lo que el corazón al hombre». La impropia o metafórica es la que relaciona cosas en sentido figurado, como «las flores son al prado lo que la risa al hombre», y por esta comparación podemos entender la metáfora que dice «el prado ríe». Además, la analogía de atribución consiste en atribuir un predicado de manera más propia a un sujeto, que es el analogado principal, y de manera menos propia a otros que son los analogados secundarios. Por ejemplo, «sano» se dice del organismo, pero también del alimento, de la medicina, del clima, de la orina, de la amistad, etc. Por lo tanto, es una analogía gradual, jerarquizada. Podemos, pues, oscilar desde sentidos muy cercanos a lo propio, lo literal o la metonimia, que corresponden a la atribución y a la proporcionalidad propia, hasta sentidos muy cercanos a lo impropio, lo figurado o la metáfora, que corresponden a la analogía de proporcionalidad impropia o metafórica.

La analogía no se reduce a la simple semejanza, porque en ella predomina la diferencia, lo cual lo hace más compleja, más complicada y fina. Ha sido empleada, en la historia, para esos casos en los que no hay suficiente claridad y distinción, y también para evitar la completa oscuridad y confusión, la ambigüedad irreductible. Muchas cosas sólo admiten un conocimiento analógico, pero éste es el que les resulta adecuado y suficiente. Cosas en las que hay un devenir muy grande, un movimiento notable, una variación apreciable, en suma, un resto de enigma y de misterio. Y tal ocurre con la mayoría de las cosas humanas, por eso la analogía tiene tanta cabida en las ciencias humanas, sobre todo en la filosofía.

Puede decirse que ha habido épocas unívocas, equívocas y analógicas. A una época unívoca, de gran claridad, como fue la época clásica griega, suele seguirle una época equívoca, como la de la alta edad media, y cuesta trabajo pero finalmente llega una época analógica, como fue la edad media madura; luego pasa a una época equivocista, como lo fue la baja edad media, después a una univocista, como quiso serlo el renacimiento, y sigue una época analógica, como la del barroco, para dar paso a una época unívoca, como fue la ilustración; ésta originó, por reacción, el romanticismo, época muy proclive al equivocismo, aunque logró cierta analogicidad, pero después se le opuso el positivismo, con su univocismo tan fuerte, y así seguimos hasta ahora, distendidos entre los cientificismos univocistas y los relativismos equivocistas, en espera de una síntesis analógica, que nos saque de este embrollo tan doloroso.

5. Hermenéutica analógica

De esta manera, una hermenéutica analógica es la que trata de realizar ese trabajo de interpretación que hace toda hermenéutica, pero sin caer en la cerrazón rigurosa o rigorista de una hermenéutica univocista, ni en la apertura incontenible de una hermenéutica equivocista, sino que se plantea en la mediación entre ambas. Trata de interpretar siguiendo un gradiente que abarca desde algo tan metonímico como la atribución jerarquizante y la proporcionalidad propia hasta algo tan metafórico como la proporcionalidad impropia, que corresponde a la metáfora.(4)
(4) Cf. M. Beuchot, Tratado de hermenéutica analógica. Hacia un nuevo modelo de la interpretación. México: UNAM-Ítaca, 2005 (3a. ed.); E. I. Aguayo, La hermenéutica filosófica de Mauricio Beuchot. México: Ed. Ducere, 2001.
Una hermenéutica analógica nos permitirá interpretar textos buscando en ellos lo que sea alcanzable del sentido literal, pero también incorporando el sentido metafórico o simbólico que contengan, el cual pasaría desapercibido a un análisis meramente literalista. Pero también ayuda a que la interpretación no se pierda en la metaforicidad irrecuperable y sin límites. Precisamente se colocará en el límite, en ese límite en el que lo literal y lo alegórico o simbólico se encuentran, donde se tocan pero sin confundirse.

Dicha hermenéutica analógica nos permitirá tener más de una interpretación válida, pero sin que todas se nos vuelvan tales, ni muchas indiscriminadamente; habrá un conjunto de interpretaciones que serán válidas, pero jerarquizables de manera que podamos discernir cuándo una interpretación se empieza a alejar del texto y cuándo ya es francamente errónea. Nos permite abrir el abanico de las interpretaciones, pero sin que sea una apertura desmesurada.

También esa hermenéutica analógica nos permitirá tener una interpretación que no exija la exactitud plena de la univocidad, la cual es inalcanzable aquí; pero sin deslizarnos tampoco a la equivocidad irremediable, que es el relativismo, en el cual toda interpretación resulta válida en definitiva. Nos permite cierta apertura, pero con el rigor suficiente para lograr un buen monto de objetividad. La subjetividad será superada mediante el diálogo argumentativo, también sin requerir una argumentación exhaustiva, sino con una razonable y suficiente.

Con esta oscilación entre el ideal unívoco y la derrota equívoca, entre la metáfora y la metonimia, entre el sentido literal y el sentido alegórico, la hermenéutica analógica nos enseña a reducir las dicotomías, a buscar el mayor acercamiento posible entre los extremos. No se trata de que los extremos se fusionen y se confundan, sino de que los extremos se toquen. Con eso basta.

6. ¿Qué añade a la hermenéutica una hermenéutica analógica?

Así, pues, la hermenéutica analógica es un intento de ir más allá de la hermenéutica metafórica de Ricoeur. Pero, sobre todo, para mediar entre las hermenéuticas univocistas y equivocistas que proliferan en la actualidad. De hecho se ve que la hermenéutica contemporánea oscila entre el univocismo y el equivocismo. La univocidad es el modo de significar claro y distinto, la equivocidad es el modo de significar completamente irreductible, relativista extremo, totalmente ambiguo; entre ellos se coloca el modo de significar analógico, que, sin reducir toda diferencia, alcanza suficiente semejanza como para que haya cierta objetividad y universalidad.(5)
(5) M. Beuchot, En el camino de la hermenéutica analógica. Salamanca: Ed. San Esteban, 2005.
Vemos la hermenéutica univocista en Apel y Habermas, por eso los han acusado de universalistas y hasta de absolutistas, no en balde han dejado la hermenéutica y han derivado a una pragmática bastante cientificista, en la línea de Peirce (contrariamente a Rorty, que profesa una pragmática muy equivocista, en la línea de James). Vemos la hermenéutica equivocista en Foucault, Derrida, Vattimo y Rorty. Foucault lo es por su idea de que la interpretación es infinita, pues si así es, en el fondo no hay interpretación verdadera. Derrida lo es por su idea de la desconstrucción interpretativa, que es parecida a la del anterior, pues la diferencia hace que la interpretación sea siempre diferente y diferida, lo cual la hace inalcanzable. Vattimo lo es por su hermenéutica débil, pues profesa que nada hay cierto ni definitivo, que nada es claro ni estable, y, aunque él mismo niega ser relativista, incurre, a nuestro parecer, en un equivocismo difícil de negar. Lo mismo Rorty, para quien ya no hay ningún sentido literal posible, sólo sentido alegórico o metafórico, con lo cual se acaba la interpretación; de hecho, él mismo dice que los textos no se interpretan, se usan, en un pragmatismo ya muy extremo.

Frente a esas hermenéuticas univocistas y equivocistas se tiene que plantear una hermenéutica analógica, que haga la mediación entre esas dos. Y también para completar la hermenéutica metafórica de Ricoeur. En efecto, es bien sabido que la metáfora es una figura de significado que se acerca mucho a la equivocidad. Hay que balancearla con la metonimia, que es la figura de significado que se inclina a la univocidad. Aun cuando la hermenéutica metafórica de Ricoeur no es equivocista sino analógica, toma la parte de la analogía que más se acerca a la equivocidad, la metáfora. Pero falta la metonimia, que es la otra forma de la analogía que nos hace alejarnos del equívoco, que da contrapeso a la metáfora. En efecto, hay una analogía metafórica, que es la de proporcionalidad impropia; pero también hay una analogía metonímica, que es la de proporcionalidad propia y la de atribución, según se veía en la tradición. Esto se ve confirmado por Charles Sanders Peirce, para quien la analogía era la iconicidad, pues divide el signo en índice, símbolo e ícono; el primero es unívoco, el segundo equívoco y el tercero analógico; y, a su vez, divide el signo icónico en tres: imagen, diagrama y metáfora. Como se ve, allí aparece la metáfora, en un extremo; pero también en el otro extremo está la imagen, que es lo más propio de la metonimia, y, en medio de ambas el diagrama, que parece oscilar desde la metonimia hasta la metáfora.

Y nótese que, frente a la hermenéutica metafórica de Ricoeur, no proponemos una hermenéutica metonímica, lo cual sería nuevamente extremo y nos acercaría al ideal de univocidad, que siempre ha resultado inalcanzable. Se trata de una hermenéutica que abarque tanto metonimia como metáfora, por ello es una hermenéutica analógica. Octavio Paz, siguiendo a Roman Jakobson, ha insistido en que la que reúne y abarca metáfora y metonimia es la analogía, como lo ha estudiado en la poesía contemporánea. De esta manera, una hermenéutica analógica da la flexibilidad para tener no una sola interpretación como válida, según lo hace la hermenéutica univocista, ni tampoco innúmeras interpretaciones, todas válidas y complementarias, sino varias interpretaciones, pero jerarquizadas, de modo que unas se acerquen más a la verdad textual y otras se alejen de ella. Igualmente, da la posibilidad de oscilar entre el sentido literal, más propio de la metonimia, y el sentido alegórico o simbólico, más propio de la metáfora, contando con puntos intermedios, como en un gradiente que nos permite movernos desde un extremo hasta el otro.

7. Conclusión

Hemos visto, pues, cómo la hermenéutica, que es la disciplina de la interpretación de textos, oscila entre el univocismo del cientificismo y el equivocismo del relativismo. Por eso se necesita una hermenéutica que corresponda a ese punto intermedio y mediador que es el analogismo, a saber, una hermenéutica analógica, basada en la analogía, que evite los dos extremos mencionados, que la distienden y la rasgan, hasta llegar a romperla. Pretende ser una hermenéutica abierta, pero sin caer en el relativismo, y tener suficiente rigor, aunque sin quedarse en el cientificismo, que la misma hermenéutica ha rehuido siempre.

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Ref. Centro de Estudios de Filosofía Analítica. Solar, n.o 3, año Lima 2007; pp. 67-77 Analógica
Autor: Mauricio Beuchot --UNAM, México, D.F.

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