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domingo, 28 de mayo de 2017

El maniqueísmo en la política

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A pesar de los muchos siglos de prolongada historia, sorprende que aún se sigan utilizando formas tan pretéritas y estereotipadas de pensar como las de dividir el mundo en dos posturas extremas, en buenos y malos, y en el caso particular de la política, en izquierda y derecha.

La maniquea idea del mundo: la esencia que representa lo bueno y la esencia que representa lo malo, como si la bondad y la maldad existieran en sí mismas, en lugar de entenderlo como el juicio valorativo que hacemos de un determinado comportamiento.

Esta visión del mundo, de la política y de la vida, o de cualquier asunto que se tercie, donde los extremos dicotomizan la realidad, se llama maniqueísmo.

Según el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano, la denominación de maniqueísmo se debe a la doctrina del sacerdote persa Mani (en latín: manichaeus), que fundó una religión de carácter universalista y con pretensiones de ser la definitiva, allá por el siglo III. Decía que era el último de los profetas enviados por Dios, y por tanto se autoproclamaba el paracleto, es decir, aquél que llevaría la doctrina cristiana a la perfección. En realidad, dicha doctrina era una mezcla de elementos gnósticos, cristianos y orientales, basada en el dualismo religioso de Zoroastro, y que admitía dos principios básicos, el bien, o principio de la luz, y el mal, o principio de las tinieblas. Su adversario teológico fue San Agustín, que dedicó numerosas obras a refutarlo.

Pero volviendo al presente, lo que aquí nos importa es esa herencia en forma de falaz mecanismo de esencias dualistas, lo bueno y la verdad por un lado y lo malo y la falsedad por el otro. Esa división tan grosera del mundo produce una especie de narración en B/N de los acontecimientos, convirtiendo un terreno diverso en yermo y estéril. Por ejemplo, "si no eres blanco, eres negro", "si no estás conmigo estás contra mi", "si cuestionas la izquierda es que eres de derechas" (o viceversa).

Esta discusión por las "esencias" de un lado u otro, lamentablemente, se suele ver en las declaraciones maniqueas de nuestro tiempo. Los políticos hablan, por ejemplo, de la "verdadera izquierda", o, atribuyéndose con arrogancia su "esencia de verdad" cuando dicen que algo "es" o "no es" de izquierdas, lo que significa que la derecha es mala, malísima. A los afines de derechas les pasa algo parecido cuando asumen que alguien o una formación al completo ha de ser creyente religioso, si no, no le encuentran sentido ni verdad, o que están equivocados por esa simple razón.

Cuando alguien cuestiona una medida determinada o una línea de pensamiento a tenor de una problemática en particular, lo primero que te señalan es que eso no es de "derechas" o no es de "izquierdas", como si eso fuese indicador de alguna esencia de pureza verdadera. Su línea argumental te pone entre la espada y la pared: "si esto está consensuado de izquierdas y lo cuestionas es que eres de derechas", también funciona al revés.

Hoy día se pueden ver a los candidatos haciendo acopio de esos discursos que ahora se llaman populistas, p. ej. "necesitamos un frente de izquierda para derrotar a la derecha". En realidad este maniqueísmo es una forma de vender humo. Es una llamada del tipo "si te consideras de izquierdas (la esencia) debes unirte a nosotros", y se asocia corrupción y todo lo malo a la derecha (la otra esencia), como si cuando gobernaba la supuesta izquierda no hubiera corrupción.

Me gustaría, aunque sé que esto es mucho pedir a nuestros políticos, que abandonaran en la medida de lo posible estas etiquetas discriminatorias (izquierda-derecha), esas ficciones que llevan a la confusión a través de líneas de argumentación imaginarias y producen enfrentamientos innecesarios entre políticos, y evitan mirar de frente los problemas a los que de verdad se enfrentan en el día a día los ciudadanos.

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Por Pedro Donaire

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