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martes, 30 de mayo de 2017

El verdadero incrédulo

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"Lo creeré cuando lo vea", este podría ser el lema de un empirista.
Su creencia es que, la creencia razonable en una idea debe estar gobernada por las pruebas cuyos resultados se pueden sentir. Su preocupación es que las creencias no ancladas en lo sensible no se pueden distinguir de las creencias que son ficticias.

Pero, si hacemos una pequeña investigación empírica, el empirista puede comprobar que lo contrario también es cierto: "Lo veré cuando lo crea". Nuestras percepciones están fuertemente influenciadas y, a menudo determinadas, por nuestras creencias. Ver y creer son gemelos siameses unidos por casi todos sus órganos. El sentido es que hacemos que nuestras sensaciones sigan las ideas ya acomodadas en el asiento de nuestra sensibilidad.

Además, la prueba es una herramienta de selección: entre varias ideas propuestas como soluciones a un problema, una prueba bien diseñada puede seleccionar la mejor. Sin embargo, las pruebas no pueden generar ideas. La conjetura debe venir primero. En tanto que las creencias empoderan la percepción, la supresión de lo que podría llamarse "creencias conjeturales", perjudican la percepción. La imaginación, el ojo de la mente, es tanto un órgano de percepción como nuestro ojo físico.

Además, la lógica de la prueba dicta que sólo la refutación es cierta. La confirmación no proporciona ninguna garantía de que una mejor solución no pueda llegar mañana, especialmente cuando una continuada investigación descubre hechos e ideas inesperados que transforman el problema.

Por lo tanto, la razonable creencia basada en las pruebas sensibles es, en el mejor de los casos, provisional. Siempre resultará vulnerable a las especulaciones de nuevos amaneceres.

Visto esto, el empirista reconocerá que su preocupación por las creencias no-sensibles debe estar equiparada por una simétrica preocupación sobre las creencias sensibles. El mayor obstáculo para el descubrimiento es el contrapositivo de su lema: "No lo veré hasta que no lo crea". Con el descubrimiento científico, como con una novela, la clave para una nueva percepción es la suspensión de la incredulidad.

Para creer una cosa con certeza, debemos no creer en todo lo que plantea dudas al respecto. El empirista que camine sobre la línea y crea que su conocimiento es "seguro" debe cerrar sus ojos y su mente a las ideas contrarias. Por el contrario, si no creemos todo lo que plantea dudas sobre una cosa, creemos efectivamente en esa cosa. Al empirista que sabe algo le resulta imposible efectivamente creer que lo que lo hace así es absolutamente cierto.
Eric Hoffer señaló en su ensayo de 1951, "The True Believer" [El verdadero creyente]:
"Es sorprendente darse cuenta de cuánta incredulidad es necesaria para hacer posible la creencia. Lo que conocemos como ‘fe ciega’ se sostiene en innumerables incredulidades. Requiere de "una pantalla de hechos que proteja a los fieles y las realidades del mundo .... La fuerza de la fe ... se manifiesta no en las montañas en movimiento sino no ver que las montañas se mueven".
Dado que la concepción y la percepción son tan inseparables, tanto la creencia como la incredulidad son pantallas de hechos que obstruyen el descubrimiento de nuevas comprensiones. El verdadero creyente, aquel que posee la verdad última, es el gemelo cognitivo del verdadero incrédulo, aquel que posee la verdad última por defecto. En las ciencias, especialmente, donde la historia del empirismo ha aumentado la sensibilidad a los peligros de la ‘creencia verdadera’, la ceguera viene más fácilmente a través de la incredulidad verdadera. Los científicos que son reacios a reclamar la certeza de su conocimiento son unos insensatos al afirmar la imposibilidad de las ideas rivales. El empirista interesado en el descubrimiento debería adoptar un lema adicional: "No creas en lo que no crees".


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Traducido/editado por Pedro Donaire
Ref. Thunderbolts.info, 29 de mayo de 2017
Autor: Mel Acheson, “The True Disbeliever”
Imagen: "The True Believer", primera edición, de Eric Hoffer

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