Popular Posts

sábado, 20 de mayo de 2017

Perspectiva, metáfora y hermenéutica (2)

* * * *
Perspectiva, metáfora y hermenéutica
por José L. Serrano Ribeiro

-- Parte 1 || Parte 2 --

4.  Lenguaje , metáfora y perspectiva

El lenguaje no sólo es código, no tiene únicamente una función denominativa y comunicacional. Tampoco hay por qué reducirlo a su faceta proferencial ni restringir su alcance al mero intercambio de información, a la semiótica del significante y del significado, o a su proyección estándar sobre la tríada sintaxis-semántica-pragmática. El lenguaje no se puede objetivar porque es justamente lo que permite toda objetivación, incluida la de sus efectos. El lenguaje es el gran mediador pero no un instrumento, pues éste puede tomarse y dejarse a voluntad, mientras que el lenguaje, no. La mediación lingüística se da sobre tres planos que se disponen en intersecciones diversas y cambiantes: el del sujeto consigo mismo, con los demás, y con las cosas, siendo atravesado por el lenguaje hasta el punto de que más que hablarlo es colonizado por éste. La función metafórica es el correlato del núcleo hermenéutico de tomar algo en términos de otro algo. Esos «algos» pertenecen a la realidad y se vinculan con el sujeto gracias a las perspectivas manejadas y, además, éstas ya contienen el ingrediente desiderativo por el que el sujeto filtra y determina las acepciones: «la metaforicidad fundamental del lenguaje está en la base de la hermenéutica» (L ópez , 1999, p. 248). Esta metaforicidad fundamental implica que la metáfora no es posterior al lenguaje, sino cooriginaria.

Si pretendimos forjar en el epígrafe anterior un concepto lo suficientemente seguro de perspectiva, es para que aguante en éste su inserción en la tesis de que las metáforas utilizan perspectivas y, por ello, pueden ocultar o descubrir, empobrecer o enfatizar aspectos de la realidad. Pero ya la doctrina del punto de vista de Ortega, con su dimensión desiderativa y lingüística, nos proporciona un primer acceso hermenéutico a esa realidad que deseamos, percibimos y decimos. Si cada perspectiva contiene el ingrediente fundamental del deseo, pues «en toda perspectiva completa hay un plano donde hacen su vida las cosas deseadas» (Ortega , 1966a, p. 25), y si además, esa misma realidad es la que no sólo percibimos sino la que también valoramos ética y estéticamente mediante el lenguaje, se impondrá una conclusión: toda esta urdimbre vital nos conduce a una nueva relación con la realidad, en donde la metáfora se erige como la forma eminente de ser, interpretar y conocer.

Quizá sea difícil ahora pensar que el trasunto epistemológico se reduce al encuentro de un sujeto con un objeto ya acabados. En realidad, el sujeto está siempre en formación y resuelve su relación con el objeto en diferentes etapas hermenéuticas, pues nunca es dado en su plenitud, en todas sus posibilidades. Si el lenguaje es lo que posibilita toda objetivación y, además, éste es, en parte, lo que constituye al sujeto, la metáfora se presentará en su momento hermenéutico como la intermediación entre el sujeto y el mundo. La metáfora sitúa en conjunción el objeto y el sujeto; no es que aparezca luego, sino que es lo que permite que haya dos polos a vincular. Por una parte, el lenguaje de la metáfora en perspectiva hace que se muestre el mundo en toda su riqueza: «de no ser por la palabra la realidad no podría ser ‘vista»’ (Maillard , 1992, p. 52); y, por otra, esa misma palabra es la que facilita la relación mediadora como proferencia, porque «no es posible entender la realidad sin interpretarla: todo decir es interpretación» (Maillard , 1992, p. 47). No extrañará, pues, que el sujeto instalado perspectivamente en la realidad, invente y desarrolle un lenguaje metafórico según los puntos de vista que cose al mundo para revelar los aspectos que éste le muestra. El sujeto interpreta la realidad, es decir, «toma algo por algo» en función de las metáforas en perspectiva que aplica lingüísticamente a los «algos», extrayendo el impulso para ello del deseo. Ya no extrañará tampoco que este sujeto deseante, angular y lingüístico tome, por ejemplo, un ciprés por el espectro de una llama, haciendo de tal interpretación una metáfora bajo la perspectiva que su deseo le dicta. El único modo de tratar con la realidad es prestándonos a ese juego de vistas, razones y querencias que el lenguaje proyecta en sus metáforas según el punto de vista. ¿Cómo un sujeto sin deseos podría fijarse en algo y, además, ver allí otra cosa sin olvidar lo que era? Se nos podría decir: «pero el ciprés está ahí y sigue siendo un ciprés», pero responderíamos: «sí, pero no siempre veo un ciprés, a veces veo también el espectro de una llama; es más, cuando asimilo en mi proferencia el espectro de una llama a un ciprés, usted sabe de qué hablo». La mediación lingüística que mantiene el sujeto con la realidad se efectúa en sucesivos actos de apropiación, logrados por la perspectiva que activa cada metáfora. Por eso, fue tan importante en el punto anterior construir un concepto de perspectiva tan prolijo, ya que ésta es la brújula que orienta el sentido conector de la partícula «por» (o «como») en la fórmula hermenéutica gadameriana («tomar ‘algo’ por algo»).

Recapitulemos: 1) la perspectiva no es algo subjetivo porque pertenece tanto a la realidad como al sujeto; 2) no existe una perspectiva privilegiada, pues formamos una multitud variopinta de sujetos equivalentes que habitamos una realidad cambiante; 3) la perspectiva hace que la cosa no se pueda conocer por entero sino a través de tomas parciales; 4) la perspectiva no sólo es una propiedad del sentido de la vista sino que es extrapolable a cualquier ámbito de la experiencia; 5) cada perspectiva constituye un contexto, un horizonte que hemos de fusionar con otros para producir comprensión; 6) en cada panorama no aparecen al instante todos los detalles sino que lo hacen poco a poco sin llegar a agotarlo; 7) el encaje de perspectivas nos lleva en la vida sobre un circuito de vivencias posibles, ya sean de primera mano u obtenidas en el diálogo; y 8) en la perspectiva va incluido el factor valorativo y desiderativo por el que elegimos una vista en vez de otra, es decir, algo aparece porque otra cosa se oculta.

Sobre este nuevo paisaje ahora podría hacer fortuna la siguiente noción aproximativa de lenguaje: con el término «‘lenguaje’ pretendo designar todo elemento de la experiencia humana que no es meramente contemplado por sí mismo, sino utilizado para ‘significar’, ‘designar’ o hacer las veces de algo que está más allá de él» (Wheelwright , 1979, p. 29). La descripción es interesante porque, en primer lugar, se refiere a elementos de la experiencia que han llegado a formar parte de la cadena de apropiaciones, lo cual quiere decir que cada elemento nuevo incorporado cobra su relevancia en función de los ya retenidos; también afirma que esos elementos no son tenidos en cuenta por sí mismos, sino para significar y designar, es decir, apuntan a otras cosas de la realidad, por lo que establecen un vínculo con éstas y con quien los utiliza; y, para finalizar, añade que esos elementos están en el lugar de cosas que no tienen por qué estar presentes. Gestos, actitudes, sueños, síntomas, relaciones genealógicas, patrones de medida o rituales religiosos, entonces, se ajustan a tal caracterización.

Imaginemos que al ver una rama de fresno la consideramos bajo la acepción de un arco, es decir, «tomamos una rama por un arco»: he ahí el deseo, el lenguaje, la interpretación, la metáfora, la perspectiva y la realidad. Un segmento de intermediación ha cruzado de un lugar a otro, hicimos pasar la rama del árbol hasta el arco en nuestras manos. Con el deseo de conseguir un arco adoptamos un punto de vista que ocultó las posibilidades de la rama como lanza, bastón, pértiga o caña de pescar, pero nos mostró la metáfora del arco flexible y resistente: «la denominación metafórica (...) no consiste en percibir el orden de una estructura, sino en «olvidar» (...) muchos atributos que el término metaforizado evoca en nosotros en su empleo normal» (Ricoeur , 1977, p. 164). La realidad parecía dormida e inexpresiva, pero al penetrar en ella mediante un deseo en perspectiva, se nos hizo patente la palabra allí (en el mundo) y aquí (en la mente). Recogimos la representación de la rama en los términos lingüísticos y conceptuales de un arco, porque así la concebimos según nuestros intereses. Y así recreamos el primer contexto sobre el segundo (N. Goodman), produciendo una interacción (M. Black) o una fusión de horizontes (Gadamer) según una perspectiva (Ortega): «gran parte del contexto no es algo previamente dado, sino que surge en el acto de la propia manera de decir. El nuevo contexto puede ser considerado como un ángulo de visión, como una perspectiva a través de la cual podemos contemplar la realidad» (Wheelwright , 1979, p. 172). Por eso, cualquier palabra, enunciado, expresión, frase, discurso u obra literaria puede convertirse en un portador metafórico, dependiendo del contexto, de la perspectiva.

Ramas como arcos, cipreses como espectros de llamas, redes informáticas como autopistas de la información, cascadas como melenas, ojos como brillos de un imán, ejemplos como gotas de sudor o contextos como perspectivas. Este «como» nivelador no es el de las teorías metafóricas de la sustitución o de la comparación, sino el mismo que actúa en la estructura hermenéutica del interpretar («tomar algo ‘como’ algo», «etwas als etwas»), aunque cuando interpretamos podemos estar haciendo más cosas a la vez: sustituir, comparar, asimilar, reducir, superponer, desglosar, abstraer, ocultar, destacar, cubrir, enfatizar, atribuir, diferenciar, identificar, y muchas más acciones de las que justamente sustituir no sería la más relevante, pues el efecto de una sustitución no siempre genera una metáfora o una interpretación. Lo que ocurre en la metáfora es que dos acepciones se enlazan en una interacción tensiva. La relación entre metáfora y perspectiva se manifiesta con toda claridad: «las metáforas, más que descubrir propiedades de lo real previamente existentes, nos sirven para ver el mundo con arreglo a diferentes perspectivas» (Bustos , 2000, p. 105). Lo que hace la metáfora es vincular, integrar y relacionar, es decir, atar con el lazo del punto de vista.

Metaforizar es un acto creativo, y el propio hecho de nombrar una cosa, una relación o un fenómeno, es elegir un punto de vista para que la asignación soporte el nuevo peso semántico: «nombrar no consiste en dar nombre a algo ya conocido anteriormente, sino en abrir una perspectiva antes no habida por el simple hecho de no haber sido vista» (Maillard, 1992, p. 51). Percibir no es algo pasivo, sino que imprime su sello simbólico a los objetos que descubre e interpreta; se trata de una capacidad sensomotriz adiestrada hermenéuticamente por el lenguaje, o como dice G ehlen (1980, pp. 252-253): «cuando nuestra acción toma objetos (de por sí muy distintos) bajo un punto de vista común, quiere decirse que existe una estructura simbólica de la percepción. (...) Este proceso consiste (...) en que A sea tomado como B». Y la elección de la perspectiva no sólo tiene que ver con criterios estrictamente lógicos, sino también afectivos. La eficacia de la metáfora nos muestra que el enlace que promueve es recíproco, y por ello capaz de ensanchar conceptos, de fundirlos sin confundirlos, lo que significa que la brecha hermenéutica que abre, apunta más hacia un tipo de conocimiento expansivo y relacional que a otro más acumulativo y enciclopédico. La metáfora es un proceso de formación de conceptos: «cuando una palabra se transfiere de una cosa a otra para que ésta resulte inteligible, el concepto se expande (...). La metáfora es la base lingüística que encarna la naturaleza bilateral y recíproca de la aplicación: mientras que la inducción y la deducción proceden de forma unidireccional de lo particular a lo universal y viceversa, la metáfora origina un movimiento reversible y circular» (López , 1999, p. 248).

La metáfora trabaja a partir de un punto de vista fijado por el deseo, y así asume una relación hermenéutica entre dos elementos que se suponían conceptualmente distantes y heterogéneos, pero gracias a la aplicación interpretativa logra aportar un excedente de sentido. El proceso podría explicarse así: «En la dicción algo que en la vivencia inmediata se da de un modo aislado y en toda su peculiaridad (A) [«el espectro de una llama», es decir, la experiencia sugerida con respecto a la realidad considerada] queda vinculado a una palabra que es portadora de un determinado significado más o menos general (B) [«ciprés», es decir, el nombre de ese árbol], con lo que es sacado de su aislamiento y su particularidad, puesto en correlación con una serie de cosas y diferenciado de otras muchas. Ahora bien, puesto que (B) [el «ciprés»] no puede coincidir nunca totalmente con (A) [el «espectro de una llama»], lo que ocurre es que se está tomando a (B) [un «ciprés»] por (A) [el «espectro de una llama»], se está viendo a (B) como (A)» (Garagalza , 2002, pp. 22-23). La más elemental designación conlleva un proceso metafórico y de simbolización, ya que el uso de dos elementos, A y B, provoca con su superposición el desprendimiento de rasgos simbólicos intercambiables.

Podemos señalar parecidos entre dos elementos que al traspasar contextos funcionan semánticamente en cada uno de ellos de distinto modo, equiparar aspectos bajo una cierta perspectiva, concebir semejanzas en base a detalles no esenciales; pero siempre es el sujeto quien propone la «semejanza en cuanto a...»: «¿qué es percibir lo semejante sino instaurar la semejanza misma acercando términos que, «alejados» al principio, aparecen «próximos» de pronto?» (Ricoeur , 2000, p. 32). La clave para la interpretación de la metáfora no consiste sólo en el hallazgo, a veces ineficaz, de analogías, equivalencias o similitudes, sino en redescribir la realidad a base de sucesivas simbolizaciones para dotarla de peso ontológico. Por usar la imagen de las fichas de dominó: podemos distinguir entre el ensamblaje lineal organizado según el valor de cada ficha, y otro tipo de construcción determinado por la disposición de esas mismas fichas como si fueran módulos de edificación en una maqueta.

La metáfora viva no se limita a pasar al lenguaje «algo visto como otro algo», sino que hace de la perspectiva utilizada el puente por el que, por ejemplo, una rama se convierte en un arco sin que la rama se esfume: «me he arriesgado a hablar (...) de referencia metafórica, para expresar este poder que tiene el enunciado metafórico de re-describir una realidad inaccesible a la descripción directa. Incluso he sugerido hacer del «ver-como» (...) el revelador de un «ser-como», en el plano ontológico más radical» (Ricoeur , 2000, p. 33). En la metáfora no hay reemplazo de conceptos o imágenes, sino compenetración y condensación. Lo que sucede es que hay un solo lugar en la cadena sintagmática para la superposición de dos ideas o interpretaciones. Tal simultaneidad hace que ninguna imagen se pierda, y que la transferencia a la que alude la definición clásica sea siempre mutua entre los términos implicados. La metáfora pertenece al locus común que es ocupado por dos modos de ver, de ser y de decir algo en sincronicidad. Para que haya metáfora es preciso que haya conciencia del doble significado de la expresión que la presenta. Por eso, el error, el olvido o la simplicidad de las teorías tradicionales de la metáfora estriba «en tener en cuenta solamente el elemento focal y no los dos elementos en conexión» (Maillard , 1992, p. 104).

5.  El reverso de la metáfora

Las metáforas que se pueden componer son ilimitadas, lo mismo que las perspectivas usadas para ello. A pesar del esfuerzo por clasificar las metáforas en unos cuantos tipos básicos, los resultados no han conseguido reflejar un número reducido. Ortega (1966b, pp. 213 y 214) propuso dos grandes metáforas; la del realismo, que se refiere al sello impreso en la superficie de cera: «cuando mente y objeto se tropiezan deja éste en aquélla su traza impresa»; y la del idealismo, que sustituye la cera y el cuño por el contenido y el continente: «las cosas no vienen de fuera a la conciencia, sino que son contenidos de ella, son ideas». Pero estas dos metáforas ya parten de la perspectiva de la conciencia y su otro, donde éste es capturado como marca o como contenido, es decir, expresan la retención del objeto por el sujeto. Maillard (1992, p. 119) añade una tercera: «el hombre es luz que alumbra el universo». Pero igualmente aquí vemos cómo el ángulo de visión es el mismo, el de un sujeto que aprehende o atrapa, de alguna manera, los objetos que pueblan el mundo. Lakoff y Johnson (ver 1998, pp. 39-72) también tipificaron algunas metáforas: las estructurales, en donde un concepto se articula en términos de otro; las orientacionales, que organizan un sistema de conceptos en relación a otro considerando las referencias espacio-temporales; y también hablan de metáforas ontológicas, de recipiente, de sustancia, de actividad o de estado.

Pero cada metáfora, sea del tipo que sea, destaca un punto de vista al tiempo que desactiva otros. Por ejemplo, al decir que cada ejemplo propuesto es una gota de sudor, recalcamos el esfuerzo que supone improvisar una nueva imagen para ilustrar un asunto determinado, pero al elegir tal punto de vista obviamos otro, que podría ser que cada ejemplo es una puerta más que abrimos. Si tomamos una rama como un arco ya no la veremos como un arpón, si consideramos unos ojos como brillos de un imán perderemos la acepción de ventanas del alma, si entendemos las redes informáticas como autopistas de la información se nos escapará pensarlas como tejido neuronal, o si decimos de una conversación que es una guerra de dardos ya no la veremos como un intercambio cooperativo. Esto quiere decir que el poder semántico y conceptual de la metáfora viene dado por el tipo de asociación que activa en detrimento de otros: «la metáfora permite una nueva visión, una nueva organización del universo, un nuevo orden, pero lo realmente nuevo son las asociaciones que permiten ese nuevo orden. Inventar una metáfora es crear asociaciones» (M aillard , 1992, p. 161).

En este sentido, nos gustaría mencionar la metáfora del canal, propuesta por M. Reddy , que concibe el lenguaje como algo estrictamente comunicacional, olvidando la relevancia de las circunstancias: «la metáfora del ‘canal’, que se puede formular como ‘las expresiones lingüísticas son recipientes para los significados’, supone que las palabras y las sentencias tienen significados en sí mismas, independientemente de cualquier contexto o hablante» (Lakoff y Johnson , 1998, p. 47). Es decir, los significados se introducen en expresiones lingüísticas como la carga de un contenedor, con lo que el lenguaje se reduce a enviar de un sujeto a otro estos contenedores de significados: hacer llegar una idea, colocar ideas en palabras, llevar una idea a buen puerto, palabras vacías, poner más pensamientos en menos palabras, llenar de ideas el discurso, o ideas enterradas en largos párrafos. Cuando esta perspectiva metafórica llega a cuajar, no extrañará que se acepte que el significado está en las palabras, y lo único que hay que hacer es extraerlo. Al enfatizar un punto de vista los otros se dejan de lado. Nosotros mismos hemos sufrido esta metáfora del canal, sobre todo al defender la idea de que el lenguaje no sólo transporta información, que la comunicación es algo importante pero no hay que reducir el lenguaje al clásico esquema de C. Shannon, que cuando hablamos en silencio con nosotros mismos no conducimos ninguna idea de un emisor a un receptor a través de ningún canal, que el lenguaje actúa cuando reconocemos un perro en una nube.

Sin embargo, la clave hermenéutica de la metáfora consiste en que nos obliga a salir del canal, a desbordarlo y a mezclar las aguas de distintas acequias. La metáfora del canal acentúa una perspectiva por haber ocultado otras: las palabras son los ladrillos de las ideas, palabras secas, el lenguaje es un instrumento, el lenguaje es el espejo de la naturaleza, las palabras son los fotogramas del cine del discurso, el verbum interius es la tramoya del lenguaje, el lenguaje nos permite ver reflexivamente, la expresión metafórica es un interruptor que abre una posibilidad semántica al tiempo que cierra otra. Estas otras metáforas, al enfatizar nuevas perspectivas por las que entender lo que es el lenguaje, nos impiden concebirlo en función de un canal. La metáfora se muestra así no sólo como el correlato interpretativo del «tomar algo por algo», sino como un poderoso artificio de encubrimiento y ocultación.

La metaforicidad fundamental del lenguaje hace que el hecho de «estar en él» nos introduzca en su juego de luces y sombras. Sucede lo mismo que al entrar en una gruta con una antorcha: sólo ganamos una visión parcial gracias a la luz (lenguaje), y si queremos ver otras zonas tendremos de acercarnos a éstas (deseo), provocando que el lugar de donde venimos regrese a las tinieblas. Podemos ir y venir con la tea cuanto queramos, pero el resto oscuro de la cueva seguirá esperando a ser revelado. Igual sucede con esa realidad que queremos decir y expresar, aunque a veces se nos escape, pues la estructura lingüística encargada de decir borra, al menos en parte, el significado (cfr. Gadamer y Vietta , 2004, p. 84); idea que comparte Maillard , (1992, p. 117): «cualquier lenguaje, por ser mediador, oculta parcialmente lo que pretende desvelar». Como el lenguaje es el mediador entre el sujeto consigo mismo, con la realidad, y con los demás, lo otro, la zona oscura, vivirá en cada uno de nosotros y en la realidad, pero también en el sistema del lenguaje, ese que no puede decirlo todo y que, además, niega y reprime las perspectivas más «peligrosas». Este es el reverso de la metáfora, justamente lo que su punto de vista sustituye, desplaza y reprime, lo que condena a la penumbra y al olvido, como el prestidigitador que llama la atención sobre una mano para que la otra actúe sin ser vista: subraya una perspectiva para que perdamos otras.

6.  De la perspectiva psicoanalítica al símbolo

¿Qué sucede cuando inconscientemente actuamos en sueños, alucinaciones o fantasías como el prestidigitador? ¿No eludimos, acaso, un punto de vista que nos pudiera conectar con algo desagradable y, por eso, elegimos otro?: «en el desplazamiento o la sustitución, lo consciente es también deformado y la angustia parcialmente controlada, representándose erróneamente el objeto del impulso peligroso como algo distinto al objeto real, como cuando Juanito le tiene miedo a los caballos más que a su padre» (Madison, 2001, p. 45). Se trata de una metáfora que hace más soportable la angustia: el padre, verdadero objeto de su angustia, es eclipsado por los caballos que aparecen en la proyección alternativa para paliar el sufrimiento: «el padre tenía que ser el caballo al cual, y por excelentes razones internas, tenía miedo» (Freud , 1982, p. 157). Tal metáfora inconsciente sirve como defensa para proteger al yo de las exigencias pulsionales que le causarían estragos. Como vemos, la metáfora no sólo interpreta, sino que también tiene su reverso, pues si interpreta al tomar algo como algo, también encripta, esconde, oculta, censura y reprime otros contenidos, y por eso constituye el modelo del mecanismo de la represión. Para Freud (cfr. 1989, p. 142), tal mecanismo no trabaja borrando una representación intolerable, sino impidiendo que se haga consciente o deformándola para que se convierta en algo aceptable para el yo. La represión actúa como una defensa, esto es, «como el intento de controlar la angustia mediante una deformación de lo consciente» (Madison, 2001, p. 46). El deseo se oculta en el inconsciente y desde ahí aflora por los resquicios que permite la defensa represiva para situarse en las metáforas. El formato lingüístico por el que los deseos emergen, presenta la misma apariencia estructural que ese ser que, al ser comprendido, puede ser dicho en su modalidad circunstancial y perspectiva, muchas veces sombreado por el discurso metafórico que nos sorprende, por dejar en suspenso el acceso semántico más esperado. ¿Qué habremos deseado, sin saberlo, cuando creímos ver a una persona entre la multitud, y después supimos que era imposible que estuviera allí? ¿Qué deseo habrá reprimido aquel adulto que, curándose en salud, avisa a ese niño molesto que es el centro de atención para que retire su dedo del quicio de la puerta?

Antes de temer a los caballos eran los animales favoritos de Juanito. ¿Qué relación existía entre los caballos y el padre? ¿Qué perspectiva dispuso en conjunción los caballos con su padre, y por qué la hizo invisible? Si le gustaban tanto los caballos, ¿por qué los seleccionó inconscientemente en la metáfora represora para asociarlos al padre, que era a quien realmente tenía miedo?: «nuestra sospecha de que el padre hubiera sido el primero en servirle de caballo nos fue confirmada por él mismo (...). Una vez iniciada la represión, Juanito tenía que asustarse de los caballos, que antes le habían procurado tanto placer» (Freud , 1982, p. 160). Como se ve, la fobia suele aparecer más cerca de la filia que de la indiferencia, y quizá el inconsciente no sea un lugar tan seguro como parece. Al final, la energía usada en la represión no sale a cuenta, y los objetos reprimidos tienden a emerger del modo más insospechado: ahí están nuestros síntomas, aunque a veces los confundamos con los rasgos más propios de nuestro carácter. Si deseamos algo, ¿por qué no reconocerlo? ¿Por qué la realización de nuestros deseos, aunque sea en forma de suceso alucinatorio onírico, a veces nos depara más rechazo que placer, como así lo reconoce Freud (1998, p. 227) refiriéndose a la satisfacción del deseo en los sueños?: «la realización de los mismos no puede procurar placer alguno, sino todo lo contrario».La actitud que mostramos ante ciertos deseos puede tomar un cariz ambivalente; una parte de nosotros pretende que éstos se satisfagan, pero la otra intenta censurar esta posibilidad porque, tal vez, supondría enfrentarse a efectos devastadores: «la pesadilla es muchas veces una realización no encubierta de un deseo, pero de un deseo que lejos de ser bien acogido por nosotros es rechazado y reprimido» (Freud , 1998, p. 228).

El caso Juanito sólo nos interesa aquí en la medida en que genera un tipo de instancia simbólica de carácter inconsciente, por la que una metáfora apunta a un síntoma (miedo a los caballos), ocultando la perspectiva en donde éste se originó (miedo al padre): «la función de la metáfora consiste precisamente en reemplazar el simbolismo, cuyas raíces están siempre en las pulsiones prohibidas, por una inofensiva interpretación de lo abstracto en un revestimiento imaginativo» (Ricoeur , 1978, p. 442). Nos encontramos con la doble función de los elementos mediadores: a la vez que unen, separan; a la vez que vinculan, distinguen. Son como los puentes, que aproximan los márgenes al tiempo que remarcan la alteridad recíproca de cada orilla; como las fronteras, que dividen y ensamblan. Es la ley del símbolo, que se especializa en tender accesos posibles e imposibles. Posibles, porque acreditan el descubrimiento de asociaciones hermenéuticas, al liberar en el horizonte de comprensión una trama coherente de relaciones por la que transitar para apropiamos parcialmente del mundo; e imposibles, porque silencian otras proyecciones más acordes con los deseos ignotos.

Si un símbolo pudiera decirlo todo dejaría de serlo, lo mismo que la metáfora y la interpretación. Sólo es posible simbolizar cuando algo falta: «los verdaderos símbolos se sitúan en la encrucijada de dos funciones (...). A la vez que encubren, descubren; a la vez que ocultan los objetivos de nuestras pulsiones, revelan el proceso de la conciencia de sí: encubrir y descubrir; ocultar y mostrar; estas dos funciones no son totalmente exteriores la una de la otra, sino que expresan dos caras de la única función simbólica» (Ricoeur , 1978, p. 434). En la génesis de la conciencia tuvo que aparecer una alteridad que evolucionó hacia lo reflexivo y lo recíproco. La conciencia de sí fue ganada gracias a los efectos que «el otro» desencadenó, y con la madurez de la autoconciencia éstos fueron devueltos en la interacción colectiva del diálogo. La huella material y significativa de estas ligazones es el símbolo. Un símbolo era una especie de salvoconducto de identificación, recordatorio de alianza usado para salvar una separación. Consistía en un objeto que aludía al vínculo contraído por las partes en un determinado tiempo y lugar mediante la posible unión de las dos mitades del objeto dividido. Se trata de un nexo generado a partir de una ruptura, pero fijado en la contingencia de que este simple puzzle de dos piezas pueda ser resuelto. El mejor complemento de una media naranja es la otra media, por eso se trata de una resolución complementaria. «‘Una fracción de la que existe un complemento’: perífrasis de ‘symbolon’ (‘symballein’, ‘acercar’, ‘reunir’). El ‘symbolon’ es una señal de reconocimiento, un objeto de pequeño tamaño (tablilla, ficha) de la que dos personas guardan cada uno la mitad» (Droz , 1993, p. 31). Hay que construir los símbolos con el objeto, la fractura y la memoria. Pero quizá, más que de un objeto, se trate de la operación significativa que hace referencia a un reencuentro esperanzador.

Estas consideraciones sobre la arqueología del símbolo destacan la relación que asegura el lazo entre las personas involucradas en el pacto. Pero también el acontecimiento simbólico se juega en la reflexividad del sujeto. Antes y después de las trabazones entre los individuos, el sujeto puede ser concebido como un ser escindido, igual que el símbolo; por una parte, el registro revelador de la conciencia de sí y, por otra, los oscuros objetivos de las pulsiones: ambas mitades se engarzan en el sujeto como las dos caras de una moneda (Ricoeur ). En este punto también incide E. Trías al concebir el sujeto como un ser dividido: un ser ni totalmente divino ni únicamente animal, tan sólo habitante del límite que a veces sale al encuentro de la otra parte, a la que asiste para provocar la chispa que ilumina por un instante, su actividad deseante, hermenéutica y ética, y que puede desembocar en una conjunción feliz de diversos niveles de comprensión. ¿Qué es, pues, el símbolo? ¿Cada parte, la conjunción de ambas, la línea fronteriza de unión o la actividad que operó en su formación?

Cada símbolo tiene su otro, su falta, su complemento, porque está situado justo en el límite, entre lo consciente y lo inconsciente, lo racional y lo irracional, lo patente y lo latente, lo pensado y lo no pensado, lo sensible y lo no sensible, lo inmanente y lo trascendente, el cielo y la tierra: el símbolo es el nexo situado «entre». Se trata, como afirma Jung, de una máquina de transformación de la energía psíquica, y como tal, capaz de reparar lo desunido y de conciliar lo discordante. Los grandes mediadores no tendrían razón de ser en un mundo absolutamente esclarecido y pleno de sentido, donde ya no hubiera nada que re-mediar o inter-mediar porque todo ya es in-mediato. Pero éste no es el caso, pues el mundo fragmentario que nos procura la perspectiva, el lenguaje, la hermenéutica y el símbolo, es experimentado entre el fogonazo efímero de la comprensión y la espesa niebla tras la que se oculta.


-- Parte 1 || Parte 2 --

###############
Autor: José L. Serrano Ribeiro
Ref. Pensamiento (Revista de Investigación e Información Filósofica). Universidad Pontificia Comillas. Departamento de Filosofía, Humanidades y Comunicación | Facultad de Ciencias Humanas y Sociales. [S.l.], v. 72, n. 270, p. 179-196, may. 2016. ISSN 2386-5822.
DOI: http://dx.doi.org/10.14422/pen.v72.i270.y2016.011
------------
Referencias
» BUSTOS, E. (2000): La metáfora. Ensayos transdisciplinares. F.C.E. y U.N.E.D. Madrid.
» CHAMIZO, P. J. (1990): Ortega y la cultura española. Cincel. Madrid.
» DELEUZE, G. (2011): Lógica del sentido. (Tr: M. Morey y V. Molina). Paidós. Barcelona.
» DROZ, G. (1993): Los mitos platónicos. (Tr.: D. Chiner). Labor. Barcelona.
» FREUD, S. (1982): «Análisis de la fobia de un niño de cinco años», en Sexualidad infantil y neurosis. (Tr.: L. López-Ballesteros). Alianza Editorial. Madrid.
— (1989): «La represión», en Obras completas (XIV). (Tr.: J. L. Etcheverry). Amorrortu. Buenos Aires.
— (1998): «Los sueños», en Introducción al psicoanálisis. (Tr.: L. López-Ballesteros). Altaya. Madrid. Gadamer, H.-G. (1995): Verdad y método I. (Tr.: A. Agud y R. Agapito). Sígueme. Salamanca.
— (1998): El giro hermenéutico. (Tr.: A. Parada). Cátedra. Madrid.
— (2000): «La diversidad de Europa. Herencia y futuro», en La herencia de Europa. Ensayos. (Tr.: P. Giralt). Península. Barcelona.
— y Vietta, S. (2004): Hermenéutica de la Modernidad. Hans-Georg Gadamer. Conversaciones con Silvio Vietta. (Tr.: L. Elizaincín-Arrarás). Trotta. Madrid.
» GARAGALZA, L. (2002): Introducción a la hermenéutica contemporánea. Cultura, simbolismo y sociedad. Anthropos. Barcelona.
» GEHLEN, A. (1980): El hombre. Su naturaleza y su lugar en el mundo. (Tr.: F.-C. Vevia). Sígueme. Salamanca.
» GRONDIN, J. (1999): Introducción a la hermenéutica filosófica. (Tr.: A. Ackermann). Herder. Barcelona.
» HUSSERL, E. (1999): La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología transcendental. (Tr.: J. Muñoz y S. Mas). Altaya. Barcelona.
» IBÁÑEZ, J. (1986): Más allá de la sociología. Siglo XXI. Madrid.
» LAKOFF, G. Y JOHNSON, M. (1998): Metáforas de la vida cotidiana. (Tr.: J. A. Millán y S. Narotzky). Cátedra. Madrid.
» LANDGREBE, L. (1968): El camino de la fenomenología. El problema de una experiencia originaria. (Tr.: M.A. Presas). Editorial Sudamericana. Buenos Aires.
» LÓPEZ SÁENZ, Mª. C. (1999): «La universalidad del lenguaje en la filosofía hermenéutica de H. G. Gadamer», en Racionero, Q. y Royo, S. (Eds.), Revista Éndoxa. La filosofía en el fin del siglo. Materiales para un análisis del pensamiento del siglo xx. (Series Filosóficas Nº 12, vol. I). U.N.E.D. Madrid.
» MADISON, P. (2001): La represión en Freud. Su lenguaje teórico y observacional. (Tr.: E. Rodríguez). Ediciones del Laberinto. Madrid.
» MAILLARD, CH. (1992): La creación por la metáfora. Anthropos. Barcelona.
» MARÍAS, J. (1971): Acerca de Ortega. Revista de Occidente. Madrid.
— (1973): Ortega. Circunstancia y vocación. (Vol. 2). Revista de Occidente. Madrid. Nietzsche, F. (1981): La voluntad de poderío. (Tr.: A. Froufe). Edaf. Madrid.
— (1998): Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. (Tr.: L. Valdés). Tecnos. Madrid.
— (2001): El gay saber o Gaya ciencia. (Tr.: L. Jiménez). Espasa-Calpe. Madrid. Ortega y Gasset, J. (1966a): «Verdad y perspectiva», en El Espectador (I). Espasa-Calpe. Madrid.
— (1966b): «Las dos grandes metáforas», en El Espectador (III-IV). Espasa-Calpe. Madrid.
— (1983): «Adán y el Paraíso», en Obras completas (I). Alianza Editorial y Revista de Occidente. Madrid.
— (1987a): «Apéndices: II. El sentido histórico de la teoría de Einstein», en El tema de nuestro tiempo. Prólogo para alemanes. Apéndices y Anejos. Revista de Occidente y Alianza Editorial. Madrid.
— (1987b): «La doctrina del punto de vista», en El tema de nuestro tiempo. Prólogo para alemanes. Apéndices y Anejos.
— (1998a): Meditaciones del Quijote. Cátedra. Madrid.
— (1998b): Origen y epílogo de la filosofía. F.C.E. México. Ricoeur, P. (1977): La metáfora viva. (Tr.: G. Baravalle). Megápolis. Buenos Aires.
— (1978): Freud: una interpretación de la cultura. (Tr.: A. Suárez, M. Oliveira y E. Inciarte). Siglo XXI. México.
— (1999): «¿Qué es un texto?», en Historia y narratividad. (Tr.: G. Aranzueque). Paidós. Barcelona.
— (2000): Tiempo y narración. I: Configuración del tiempo en el relato histórico. (Tr.: A. Neira). Siglo XXI. México.
» SANTIAGO GUERVÓS, L. E. DE (1997): Gadamer (1900-). Ediciones del Orto. Madrid.
» VAIHINGER, H. (1998): La voluntad de ilusión en Nietzsche. (Tr.: T. Orduña). Tecnos. Madrid.
» WHEELWRIGHT, P. (1979): Metáfora y realidad. (Tr.: C. A. Gómez). Espasa-Calpe. Madrid.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deshabilitado los comentarios. Contacto y comentarios en las redes sociales.

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.