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martes, 9 de enero de 2018

La comprensión, desde el pensamiento Wittgensteiniano (1)

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Comprensión: Filosofía Tradicional versus Pensamiento Wittgensteiniano
por Alejandro Tomasini Bassols

-- Parte 1 -- Parte 2 --

En este ensayo se contrasta el modo tradicional de encarar y tratar los enredos filosóficos con el enfoque disolvente propio del pensar wittgensteiniano. Se considera un caso particular de problemas de filosofía de la mente, a saber, el caso de la comprensión. El objetivo es hacer ver que, mientras el primero representa una respuesta que se va complicando en forma exponencial, el segundo desemboca en posiciones simples, pero efectivamente aclaratorias. Se refuerza así la aseveración inicial de que hay un sentido en el que Wittgenstein pertenece y no pertenece a la tradición filosófica occidental.

I. Wittgenstein y la Historia de la Filosofía

Hay sin duda un sinnúmero de formas de ver la historia de la filosofía. Una forma fácil de visualizarla es como una gran cadena, constituida por múltiples eslabones de diversos tamaños y de colores diferentes, con todas las combinaciones posibles. Los eslabones mayores simbolizarían a los más grandes filósofos de todos los tiempos. Aunque cada quien podría armar su cadena y pintarla al modo como más le pareciera apropiado, hay posiciones y tamaños que sería difícil cuestionar. Una buena sugerencia, por ejemplo, sería en mi opinión la de reservar los eslabones más grandes y de color más intenso para los filósofos no sólo más potentes o más vigentes, los que mejor han resistido el paso del tiempo, sino para los que también resultaron ser quienes más o mejor innovaron, quienes, por así decirlo, le dieron un giro a la gran cadena. Pienso, sin concederle mayor peso a esta propuesta, que eslabones así deberían estar reservados para quienes pueden servir como puntos especiales de referencia, pensadores como Aristóteles, Leibniz o Frege, curiosamente y dicho sea de paso, grandes pensadores todos ellos, pero a la vez grandes lógicos. Ahora bien, independientemente de cómo configuremos nuestra cadena, hay un dato simple pero de primera importancia para nuestros propósitos, a saber, que todos esos grandes pensadores conforman una sola, una única tradición, esto es, la gran tradición de la filosofía occidental. Por lo menos eso tienen en común. Y aunque obviamente multifacética, es claro que entre sus rasgos más prominentes encontramos la idea de que la filosofía se ocupa de los temas e interrogantes más fundamentales para el Hombre y la idea de que el modo racional de enfrentarse a ellos consiste en la elaboración de sistemas de ideas y pensamientos, en grandes construcciones teóricas que permitan proporcionar de manera sistemática respuestas a las preguntas filosóficas, del área que sea. Y a esta grandiosa tradición pertenece, con los matices que siempre es importante introducir, la abrumadora mayoría de los filósofos conocidos, decisivos o secundarios, desde digamos los pre-socráticos hasta Quine, Davidson y Kripke.

Hay una figura, sin embargo, de la que tal vez lo que habría que decir es que está y no está, que pertenece y no pertenece a dicha cadena, a dicha tradición, un pensador no sólo sumamente original sino en cierto sentido, como veremos, trágico y al que, si queremos seguir con nuestra metáfora, deberíamos representar no como un eslabón más sino más bien como lo que cierra la cadena, como su candado. Me refiero a Ludwig Wittgenstein. Hay en verdad un sentido en el que puede afirmarse que, contemplada la mencionada cadena teleológicamente, él representa, sin ser nunca ni asimilado a ella ni refutado en ella, su punto culminante, el punto final. Con Wittgenstein, la filosofía convencional se transformó en la medida en que, al dotarla de su verdadero rostro, la llevó a su fin. Así entendida, la relación entre Wittgenstein y la historia de la filosofía occidental amerita, o mejor dicho exige, unas cuantas palabras aclaratorias, por lo que es con algunas consideraciones generales referentes a la nueva concepción de la filosofía y de sus funciones que daré inicio, propiamente hablando, a mi exposición.

II. Wittgenstein y la Filosofía Tradicional

Quiero empezar admitiendo que no es mi propósito ofrecer una reconstrucción exhaustiva de la concepción de la filosofía que con Wittgenstein se materializó. Una labor así requeriría de un estudio que rebasaría con mucho, en alcance y profundidad, el horizonte de este sencillo trabajo. No obstante, sí hay un panorama que, aunque limitado, podemos contemplar. Y quizá lo primero que habría que decir es que, a diferencia de lo que pasa con las concepciones usuales de la filosofía, que son como fórmulas o slogans que permiten recoger el trabajo filosófico más representativo del momento, la filosofía a la Wittgenstein es básicamente neutral frente a cualquier tesis, doctrina o corriente filosóficas, y lo es por lo menos en el sentido de que, desde la nueva perspectiva que representa, los problemas filosóficos convencionales en general, esto es, todos, son forzosamente el producto de graves incomprensiones. Así, la neutralidad del wittgensteinianismo consiste en que lo que se rechaza es no tal o cual escuela en particular, tal o cual pensador en especial, sino la filosofía tradicional in toto. De ahí que una forma ilustrativa de etiquetar el filosofar wittgensteiniano sea diciendo de él que es en primer término anti-filosofía tradicional. El modo wittgensteiniano de hacer filosofía no tiene una temática específica, sino que puede ejercerse en todo momento sobre cualquier tema filosófico. No tiene como objeto de estudio especial la realidad, la verdad, la mente, Dios, etc., sino las afirmaciones filosóficas (independientemente de que sean hechas por filósofos profesionales o no) acerca de la realidad, la verdad, la mente, Dios y demás. Para la antigua filosofía la meta principal era la construcción de un sistema articulado de verdades; para la nueva, lo es el ejercicio del intelecto, i.e., una actividad específica que aspira a aclarar nuestros pensamientos, contaminados y distorsionados por la filosofía tradicional. En este sentido, el terreno para la labor wittgensteiniana de aclaración está abonado por las teorías filosóficas mismas. Quizá no esté de más insistir en que la labor wittgensteiniana de esclarecimiento se ejerce única y exclusivamente sobre las afirmaciones filosóficas, no sobre las científicas o las del sentido común. Y no es que el lenguaje natural sea defectuoso ni que nuestro conocimiento sea necesariamente limitado e imperfecto. El problema es la enfermedad misma del pensar o, dicho de otro modo, el modo tradicional de hacer filosofía.

Naturalmente, habría sido imposible que la nueva concepción de la filosofía arrancara siquiera si en su raíz no hubiera por lo menos una intuición motriz fundamental. En el caso de Wittgenstein me parece que se le puede rastrear con relativa facilidad. Aventuro, pues, la hipótesis de que fue una cierta sensación de inconformidad, un cierto disgusto profundo con el discurso filosófico mismo lo que desde el inicio marcó a Wittgenstein. Pero ¿por qué habría ello sido así? ¿No podría decirse que eso es algo completamente arbitrario de su parte? Yo creo que una mínima reflexión al respecto nos haría ver que ello no es así. Para empezar e intuitivamente, lo menos que podemos decir es que salta a la vista que el discurso filosófico, independientemente de la escuela o del pensador de que se trate, efectivamente tiene algo de raro. Por lo pronto, de entrada, constituye una feroz agresión a las formas normales de hablar, al lenguaje natural, puesto que se desvía radicalmente de él. Cuál sea el significado de términos filosóficos como ser, objeto, entidad, intuición, cualidad, idea, mente, etc., es desde luego algo que al hablante normal se le escapa y que los profesionales de la filosofía no terminan nunca de aclarar debidamente. En el discurso filosófico las palabras del lenguaje usual adquieren automáticamente otros sentidos, sentidos no sólo nunca aclarados, sino nunca previamente avalados por las comunidades lingüísticas relevantes. Esto a su vez explica las peculiaridades de las tesis y de los problemas filosóficos. Para empezar, las tesis filosóficas son imposibles de corroborar y de refutar. Inclusive cuando nos las habemos con posiciones filosóficas obviamente endebles, resulta que éstas son siempre parafraseables. Una posición filosófica es siempre replanteable, reformulable, de manera que, al modo como podríamos decirlo de Drácula, es eterna: muere y resucita, muere y resucita. Por eso, por ejemplo, abundan los neos en filosofía: el neo-cartesianismo, el neo-platonismo, el neo-marxismo, el neo-kantismo, y así indefinidamente. Naturalmente, el que el lenguaje filosófico en general sea un lenguaje descompuesto, un sistema de signos en estado de putrefacción, no es un hecho inocuo o que pueda simplemente ser ignorado. Una de las consecuencias de disponer de un sistema lingüístico mal construido es que, lo que por medio de él se diga será asignificativo y, por ende, los problemas que plantee serán problemas que no brotan, por así decirlo, de la vida real sino de meras palabras. Por eso, inevitablemente, desde la perspectiva wittgensteiniana los así llamados problemas filosóficos no pueden ser otra cosa que pseudo-problemas, problemas espurios, en algún sentido superfluos o gratuitos, aunque quizá también ineludibles. En todo caso, el filosofar wittgensteiniano no sólo no es identificable con el clásico, sino que es el antídoto natural para la ponzoña lingüística de la filosofía convencional.

Así como el discurso filosófico es un discurso anormal, los problemas filosóficos son problemas más aparentes que reales, es decir, son más problemas fantasmas que, por decirlo de algún modo, problemas de carne y hueso. Un problema genuino tiene que ser una dificultad que efectivamente me complica, en alguna medida y de alguna manera, la existencia. Si voy a casa de un amigo y tengo un problema en el camino, ya no llego a casa de mi amigo, que era lo que quería; si voy a presentar un examen y pierdo mis notas, tengo un problema y no puedo presentar el examen o aprobarlo, que era mi proyecto; si tengo un problema de salud, tengo que dejar de hacer ciertas cosas a las que era aficionado, con lo cual altero mi plan de vida; y así sucesivamente. Esos son ejemplos de problemas reales. Pero ¿cómo nos complica la vida un problema filosófico? ¿Deja alguien de comer porque no pueda determinar si los números son entidades o estructuras lógicas? ¿Tiene alguien que ir al gastroenterólogo por no poder corroborar que hay un Topos Uranus, un lugar celeste, en donde se congregan las Esencias de todo lo que hay? ¿Dejó alguien de ir al gimnasio porque Zenón haya demostrado (suponiendo que lo hizo, lo cual es debatible) que el movimiento es imposible o altera alguien sus vacaciones cerca de un río porque Heráclito haya dicho que los ríos cambian de instante en instante y que no son nunca los mismos? ¿Le ocasionan a alguien problemas respiratorios las tesis inmaterialistas de Berkeley? ¿Hay alguien a quien le impida trabajar o hacer el amor el idealismo trascendental de Kant, de acuerdo con el cual el tiempo no es una propiedad de los fenómenos, esto es, de todo aquello con lo que nos topamos en la experiencia? En verdad, lo menos que podemos decir es que los problemas filosóficos son poco problemáticos. Pero entonces ¿por qué habría de resultarnos tan sorprendente el que surgiera alguien que, después de 2,500 años de discusiones, siempre inconclusas, se insubordinara y protestara en contra de dicho estado de cosas, alguien que valientemente denunciara lo que pasa por una tradición sacrosanta y que, al modo como Platón intentaba hacerlo con los encadenados de la caverna, quisiera abrirnos a nosotros los ojos, deshipnotizarnos, enseñándonos para ello a pensar correctamente? ¿No era ello no sólo algo esperable, sino deseable?

Es evidente que ciertos resultados no son alcanzables más que cuando están dadas las condiciones culturales para su gestación y obtención. Asimismo, el fenómeno Wittgenstein no habría podido generarse antes del siglo XX, al igual que habría sido imposible que se diera la música de Mozart durante, digamos, la Edad Media. Es dudoso, además, que alguien con características que no hubieran sido concretamente las del individuo Ludwig Wittgenstein hubiera podido realizar la hercúlea labor intelectual que Wittgenstein de hecho llegó a cabo. Porque, hay que decirlo, la denuncia wittgensteiniana de la filosofía clásica obligaba a éste a mucho más que a poner el grito en el cielo y hacer una mera declaración de hechos. Se requería mucho más que eso: se necesitaba un nuevo diagnóstico detallado de la naturaleza de los problemas filosóficos en términos de un nuevo aparato conceptual y de un nuevo conjunto de estrategias y métodos de análisis. Después de todo, las acusaciones de asignificatividad, de carencia de sentido, tenían que venir acompañadas de aclaraciones convincentes o, mejor dicho, contundentes. Como era de esperarse, las aclaraciones wittgensteinianas no habrían podido ser simples y fáciles, sino muy abstractas, complejas y de múltiples ramificaciones. Que quede claro: el modo wittgensteiniano de hacer filosofía ni mucho menos es una técnica sencilla. Por otra parte, no estará de más recordar que Wittgenstein de hecho ofreció no uno sino por lo menos dos grandes grupos de aclaraciones. En efecto, como sólo algunos pensadores del pasado y quizá como ninguno de ellos, Wittgenstein tuvo dos grandes periodos filosóficos, durante los cuales elaboró dos filosofías igualmente atractivas, pero totalmente diferentes y, por ende, incompatibles. No obstante, algo las liga, a saber, la intuición fundamental de que la filosofía tradicional resulta de alguna clase sutil pero profunda de incomprensión. En ambos casos, el objetivo fue el mismo, a saber, el desmantelamiento o (para emplear una noción más a la moda) la deconstrucción de los problemas filosóficos o, mejor dicho, del problema filosófico que uno decidiera encarar.

Los periodos filosóficos de Wittgenstein antes mencionados son, evidentemente, los asociados con las dos grandes obras de Wittgenstein, el famoso Tractatus Logico-Philosophicus y las no menos célebres Investigaciones Filosóficas. Sin embargo, entre esos dos grandes paradigmas de filosofía analítica encontramos un número formidable de escritos, aparecidos póstumamente bajo la forma de libros. Esto ha llevado a pensar que es legítimo hablar de un periodo intermedio, esto es, un periodo durante el cual Wittgenstein ya no defiende posiciones tractarianas, pero todavía no acaba de dar a luz a su segunda filosofía. Durante este periodo de transición, Wittgenstein fue rápidamente abandonando su atomismo lógico y fue transitando, primero, hacia lo que se conoce como su holismo lógico, y, posteriormente, hacia su holismo práctico. Lo que aquí haremos ahora, a manera de ilustración, será reconstruir una línea representativa de discusión filosófica del nuevo estilo perteneciente a este período intermedio, que básicamente va de 1929 a 1933. Espero poder transmitir la sensación de oxigenación y de liberación que con Wittgenstein efectivamente se genera.


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Ref. SciELO - Scientific Electronic Library Online.
Revista de Filosofía, versión impresa ISSN 0798-1171, RF v.24 n.53 Maracaibo ago. 2006
Autor: Alejandro Tomasini Bassols, filósofo mexicano, profesor de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras e investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México

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